La Princesa (y Los Príncipes Que Las Buscan)

A todos nos ha tocado vivir bajo el encanto de La Princesa en su momento. ¿Alguna vez te has topado con una relación de amistad o amorosa en donde tu contraparte necesita que lx salves constantemente?

“Llévame aquí,” “vamos para allá,” “quisiera esto, aquello y lo otro…” “¿Por qué no tienes XYZ cosa?” Selfies saliéndosele por las orejas. Cuando es hora de pagar la cuenta, ¿te miran con ojos de gato con botas? Pues felicidades, amigx: tienes a una princesa en tu vida.

No hay nada de malo con ello en principio: cada quien tiene el derecho a determinar qué se merece en esta vida, y todos queremos que nos apapachen. Sin excepción, qué rico tener a alguien que esté pendiente a nuestras necesidades sin importar la hora, lugar o circunstancias, ¿cierto?

Tengo que hacer una confesión: me encanta ser de utilidad. Soy el tipo de persona que a menudo le pondrá mayor prioridad a las necesidades de sus seres más cercanos antes que a mía. Digamos que mi ego tiene un sentido obtuso del complejo de martyr, si me atrevo a ser dramático.

Es por esto que para bien o para mal siempre me atraen estas figuras, en mi caso mujeres que me impresionan de tal manera que me dejo llevar por su inteligencia, belleza y actitud. Pero al dejarme llevar por querer ser el ungido de su corazón, hago caso omiso de su lado oscuro.

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Esta es mi película mental; así como tienes la tuya, la mía en particular tiene mucho que ver con “ser el ungido de su corazón.” Estoy consciente de que es una frase ridícula, salida de la boca de un príncipe cuan Disney. No existe lo bueno ni malo, sino simplemente perspectivas… pero esta en particular, francamente, me tiene harto.

Por más que me gusten las princesas, simplemente no quiero ser un príncipe. Quiero ser yo.

Cuando medimos nuestro poder de influencia con estadísticas, likes y comentarios en redes sociales, ser una princesa puede llegar a ser un deporte, o hasta profesión.

Al curar su cuenta de Instagram con buenas fotos, comentando en fotos e interactuando con el sitio, cualquiera puede convertirlo en una fábrica de dopamina y vaidación, sin mencionar el factor negocio: cuando las ofertas de patrocinios, viajes y chécheres gratis empiezan a aparecer en su inbox, puede ser difícil mantener los pies en la tierra y las expectativas apegadas a la realidad.

Vivimos en un tiempo en donde todo es sacado de contexto y la discusión a menudo se diluye al concentrarse en los puntos más inconsecuentes del tema, en vez de conversar con ojo crítico tanto para nuestra contraparte como para nosotros mismos. Esta dinámica no es diferente: tanto la Princesa como el Príncipe se creen dueños de la razón, naturalmente.

La experiencia me dice que esa dinámica no es saludable. La Princesa validando a sus pretendientes por quién da más de sí por ella, el Príncipe que da todo lo que tiene (y a menudo lo que no, como Aladino) por alguien que, al verlo objetivamente, lo está utilizando para sus fines personales. Es un mal ciclo que da apertura a rencores, desilución y expectativas imposibles.

Por eso a partir de ahora haré el intento conciente de estar presente, en el momento, y ser mejor en determinar cuando estoy rindiéndome ante una Princesa. Cuando llegue el momento determinaré si quiero ser su Príncipe. Para muchos la elección es sencilla, pero no puedo dejar de pensar en el momento en que inevitablemente me sentiré como un pobre iluso al trabajar fuerte por llenar las expectativas de alguien que, a fin de cuentas, no está por mí.

Por eso seamos menos como Aladino y más como Shrek, príncipes.

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